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Libres y de buenas costumbres

Pudiera parecer que al hablar de hombres y mujeres libres y de buenas costumbres nos estuviéramos refiriendo a seres que han desarrollado unas personalidades casi perfectas, que han sido capaces de alcanzar algún tipo de virtuosismo mediante la buena educación, el protocolo y un exquisito gusto por las actitudes reposadas, una exposición perfecta de un brillante ideario mucho más comedido que el de la media habitual, y un grado de maestría a tener en cuenta.

Personas que practican la escucha activa. Que observan, y no sólo que miran y que como guinda del pastel gustan de transmitir el mensaje a sus semejantes a modo de guía para una vida ejemplar. O eso es lo que creen muchos pero…
¿Hasta qué punto es esto real?

Si bien es cierto que al masón le gusta deslizarse sobre el tablero de ajedrez, comprendemos que todo tiene su complejidad. Pues a veces un paso nos llevará a una casilla blanca y otras veces sucederá lo diametralmente opuesto, observando cómo nuestros pies de manera totalmente inesperada, y en no pocas ocasiones repentina, acaban como por arte de magia sobre las áreas más oscuras del mosaico bicolor.

Sería por tanto un error el hablar de moverse por los tonos grises como algo plano, sencillo, o de una sola dirección. Pues esto, de ser posible convertirlo en un patrón común y constante (cosa que dudo bastante pues somos maquinas emocionales) nos llevaría demasiado tiempo el automatizarlo, probablemente toda una vida…

Quiero decir con esto que pese a que nosotros los masones trabajamos estudiando todas las caras del poliedro, no hemos llegado a un consenso cristalino sobre qué significa exactamente y cuál es la profundidad de eso que llamamos “buenas costumbres”.

Por otra parte y no menos importante, lo de ser LIBRES.
Somos libres en tanto en cuanto el entorno, en conjunción con nuestros propios deseos y capacidades individuales quieran llegar a un acuerdo entre sí. Cosa que por el momento, parece extremadamente difícil, acabando más bien todo por parecerse a una compleja maquinaria de relojería en la que cada pieza que engrana hace posible el movimiento de unas manecillas que acabaran por definir nuestro papel sobre ese aspecto, que no es tan individual como pensamos y que más bien depende en gran parte del mundo en el que vivimos.

H.·. Edgar Burgos

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